25 junio, 2016
Este artículo fue publicado originalmente en mayo de 2016 en El País Planeta Futuro.

Si los muros de esta escuela pudieran hablar lo harían a gritos. Situado en Sidón, una ciudad costera del sur de Líbano, el centro tuvo que cerrar hace unas tres décadas, durante la guerra civil. La mayoría de aulas quedaron inutilizadas y otras se emplearon por las milicias, como cuarteles, prisión y salas de tortura. Los sucesivos conflictos transformarían al país, en el que hoy conviven en paz musulmanes y cristianos de diferentes grupos etnoreligiosos. En este tiempo Líbano ha cambiado enormemente. En medio de una región cargada de violencia, este pequeño país de apenas cuatro millones de habitantes es refugio además para más del millón y medio de personas que han cruzado la frontera con Siria huyendo de las balas.

Tras una pequeña reforma, grandes dosis de ilusión y muchos planes por delante, en la primavera de 2016 el colegio volvió a abrir sus puertas. Se trata del Proyecto Fratelli, una iniciativa católica para promover la colaboración entre congregaciones en favor de las personas más pobres y vulnerables. Montones de niños y niñas volverán a cruzar las puertas de esta escuela, hasta hace poco abandonada. Ahora serán, casi en su totalidad, de origen sirio.

En un inicio, el proyecto se iba a centrar en barrios de Beirut. Sin embargo, al visitar Sidón y los refugios donde viven gran parte de las personas refugiadas y ver las condiciones en que estaban los chavales, los hermanos Andrés y Miquel vieron claro que las necesidades eran enormes. Andrés es un joven hermano mexicano lasaliano. Miquel es un hermano marista español. Ambos supervisan y acompañan todo el trabajo del centro, desde la búsqueda de financiación, hasta las obras para rehabilitar las aulas y la labor del nuevo cuerpo docente.

“Cuando me enteré de la iniciativa del Proyecto Fratelli no se me ocurrió pensar que me lo iban a proponer a mí”. Miquel habla con una mezcla de humildad e ilusión. “¡Tengo ya sesenta años! ¿Quién me iba a decir a mí que a estas alturas iba a estar aquí?” Lleva toda la vida dedicado a causas sociales, trabajando con jóvenes vulnerables de barrios de Cataluña y sabe que el reto que ahora tienen por delante no es pequeño. Para Andrés, ésta es su primera misión, pero siempre quiso ir allí donde hiciera más falta.

Las clases comenzaron a finales de marzo, una vez que las principales obras ya estaban concluidas y ya habían reunido a un pequeño equipo de profesoras y profesores, algunos antiguos alumnos del centro. Arrancar no está siendo fácil. Cuando al principio trataron de evaluar el nivel del alumnado, se encontraron con que la mayoría llevaba dos y tres años sin ir al colegio y que los más pequeños nunca habían pisado una escuela. Conseguir que prestaran atención o se centraran en una actividad era todo un desafío. Dos semanas después del inicio de las clases, sin embargo, los cambios ya se van notando: todos están deseando asistir a clase y aprender.

El Gobierno libanés quiere mantener un sistema educativo público único. Sin embargo, los colegios públicos del país, ya saturados con dobles turnos, no consiguen cubrir toda la demanda existente. Muchos niños sirios refugiados han interrumpido su formación y no van a la escuela. Hace falta apoyos y esfuerzos adicionales para que evitar que el conflicto armado resulte en una generación perdida no escolarizada. Por esa razón, el centro va a priorizar el refuerzo escolar de los chavales que más lo necesitan, comenzando con poco alumnado, e ir aumentando en la medida de las posibilidades. Apenas se ha reformado aún un módulo del centro con capacidad para unos 50 alumnos y alumnas, que, si el proyecto avanza, puede seguir creciendo. Entre otros aspectos, uno de los más complicados es el idioma. Los alumnos solo hablan árabe, pero el sistema educativo del país incluye clases en inglés y francés.

Ninguna de las familias paga nada para que sus hijos e hijas asistan al centro, ni para que les lleven y traigan en un pequeño autobús, ni por el desayuno que se les ofrece a media mañana. La misión del centro es clara: garantizar el derecho a la educación de quienes menos tienen.

No se trata solamente de recibir una educación formal. Se trata también de aprender a convivir y crecer como personas en una cultura de paz. Muchos de los niños y niñas han visto la guerra de cerca y hoy siguen viviendo en entornos cargados de violencia. Solamente poco a poco se puede retomar una educación en valores que permita ir dejando atrás la sombra de un pasado del que continúan huyendo.

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