25 Septiembre, 2015

Lo que determina el porvenir

Hay que tener mucha ilusión para sentir que en medio de un mundo tan grande en el que el destino de millones de personas está en las manos de decisiones políticas, las grandes firmas multimillonarias y las que juegan a pisotear para serlo, un puñado de ONGs pueden hacer algo que vaya más allá del parche. El pueblo saharaui no va a recuperar su tierra por más apoyo que brindemos a su personal sanitario hasta que a alguien importante en Estados Unidos o Francia no le apetezca dar la orden, por un interés económico de algún tipo. Los carísimos medicamentos de marca no van a estar disponibles para los más pobres hasta que a los de arriba les interese por algún motivo. Los/as refugiados/as no dejarán de huir de sus patrias y sus hogares hasta que los que se lucran con el comercio de armas y los que tienen intereses geopolíticos que a ti y a mí nos quedan grandes les de por firmar un puto papel. Es difícil cuantificar el impacto de lo que hacemos, y cuando se cuantifica, es fácil desilusionarse. No, no creo que los que trabajamos en cooperación o ayuda humanitaria contribuyamos a hacer un mundo mejor más que los que dedican su vida a la fontanería, la programación o la educación primaria. Lo de “mundo mejor” tiene un tufo a película de héroes hollywoodienses musculados y de mirada profunda que echa hacia atrás. Ojalá. Ojalá fuese tan fácil.

Tampoco creo que sea el estar del lado de los buenos. ¿Y quién ha dicho que sean buenos? Es más, ¿quién te da derecho a decidirlo? El mundo no está hecho de malos culpables y buenos víctimas. Ahí está la jodida trampa. En que puedes ser bueno y culpable, o un auténtico hijo de puta y víctima. Que nadie se crea a pies juntillas una sociedad que solo existe en las películas de Disney. Hay quien, con su mejor intención, perpetúa injusticias. Ojalá. Ojalá fuese tan sencillo.

Lo del espíritu aventurero puede atraer al principio, pero se pasa y se supera, me temo. No echo de menos ninguna de mis diarreas en la selva ecuatoriana, ni la malaria de Camerún, y no creo que eche de menos tener que vivir tras un muro de arena por precaución ante la posibilidad de un ataque terrorista en el Sahel. Suena emocionante, pero sólo cuando se ha pasado. Las verdaderas experiencias van más allá de lo anecdótico. Y lo anecdótico está concienzudamente seleccionado entre lo rutinario.

La gente. Bueno, sí. En gran parte. Se conocen grandes personas en este mundillo, no voy a decir que no. Pero he conocido grandes personas que pasan inadvertidas, contagiando lo bueno y lo honesto en voz bajita, en éste y cualquier otro lado. También es cierto que conocer de dentro y convivir con otras culturas te invita a abrir los ojos y verlo todo más claro. Pero no es necesario ser cooperante para ir por la vida con los ojos abiertos. Es más, no siempre va relacionado.

Tiene que ser algo más.

Las niñas

Creo que es la autenticidad de las cosas. Es estar en un lugar donde, al margen de todos los productos de plástico de mala calidad y las copias baratas de todo, lo importante es a menudo realmente importante. Es dejar de sentirte consumidor en un sistema programado para producir beneficio y hacer de los trabajadores esclavos inconscientes, para sentirte persona. Resulta extraño y reconfortante mirar a menudo a tu alrededor y verte rodeado de gente que, por mucho que los que saben vender segmenten el mercado en grupos para lanzar el anzuelo, no es carne de marketing, porque aunque lo deseen, no podrían comprarlo. Es, a menudo, el limbo en un falso paraíso de cartón piedra y baratijas brillantes.

Y creo que es, sobre todo, el sentirse del lado de los que están más jodidos. No tenemos derecho a ser jueces de nada, y el paternalismo no tiene ningún sentido. Pero ayuda pensar que de un lado está el consumismo atroz, el liberalismo que aplasta y machaca al que puede ser aplastado y machacado, los desgraciados y desgraciadas capaces de aprovechar la fría comodidad de la distancia auto-impuesta y los ojos-que-no-ven para beneficiarse de una injusticia que siempre se puede achacar a otros; y que del otro lado están los jodidos y jodidas, los nadies, a los que nadie pregunta y a los que a nadie importan. Y sentirse del segundo lado, aunque sea de manera intrusa o egoísta, o con un toque de turista farsante que empatiza con pasaporte europeo en el bolsillo, aunque no aportes gran cosa, o aunque no tengas la certeza de que lo haces tenga el efecto deseado a largo plazo, ayuda a darle sentido y encontrarle un porqué a las decisiones tomadas y la distancia con los tuyos. Me temo que si esto se entrelaza con tu vocación, no te queda más remedio. Y que alguien me explique de dónde carajo salen las vocaciones y cómo se pueden moldear.

Por eso a veces me enrancio cuando vuelvo a casa, tal vez. Por eso a veces me cuesta retomar hábitos o mi hueco en el puzzle. Por eso a veces soy cínico y por eso a veces luego me arrepiento de haberlo sido. Por eso a veces no nos entendemos. Y aún así por eso a veces uno necesita volver, para asentar todas las cosas que cohabitan en la cabeza, digerir o vomitar las contradicciones que le vuelven loco y le generan desasosiego, reaprender a ver lo esencial en todo, ejercitar el sacarle lo mejor a la superficie además de al fondo, y recargar las energías para estar fuerte antes de emprender el vuelo de nuevo. Porque es algo más que la aventura o lo que nos venden las manipuladoras campañas de fundraising. Porque el “engancha” es mucho más complejo y al mismo tiempo más duro.

  1. olbelo Reply

    Totalmente cierto que no podemos cambiar mucho ni distinguir siquiera lo bueno de lo malo, pero aspirar a ser persona y ayudar a que los demas lo sientan es lo más noble a lo que se puede aspirar. Así lo veo yo.

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