6 Agosto, 2015

Una charla de salud en una comunidad rural de la Honduras profunda

Algo falla en el modelo de formación de profesionales de la medicina en nuestro país si la única manera de meter la cabeza en la cooperación internacional y la salud global es salirte de la corriente establecida. Para empezar, resulta que la salud pública, en el curriculum médico, queda relegada a dos opciones excluyentes entre sí, según la Facultad: o una “María” sin demasiado peso, o un tostón relegado al último curso. Para colmo, encontrar algo de “Salud Global” entre la docencia de “Medicina Preventiva y Salud Pública” es toda una hazaña. Incluso en la especialidad MIR dedicada a la Salud Pública, o en las escasas opciones disponibles para desarrollar una carrera profesional en investigación hay que tener mucha suerte para dar con un centro con una visión que vaya más allá del estrecho y los pirineos. Por poner la guinda al pastel, el 90% de tus colegas considerará que si no curas o atiendes pacientes eres menos médico/a. O menos, simplemente.

La Salud Internacional y Salud Global no son cosas nuevas. Hace más una década que hay programas formativos de pregrado, pero en España vamos con retraso. Si un/a estudiante de medicina quiere saber algo de lo bueno o malo del enfoque del Fondo Mundial de lucha contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria, qué ocurre con las enfermedades olvidadas más allá de un enfoque asistencialista, por qué vacunar es tan complicado, o por qué no cualquier intervención es válida, ya puede echarle ganas. Si tiene inquietud por entender la importancia del refuerzo integral de los sistemas de salud, darle vueltas a qué ocurre con la salud de una persona refugiada, por qué una cajita de Glivec vale 2500€ (y no debería), qué es el enfoque de género en salud, de qué hablamos cuando hablamos de participación comunitaria, qué factores determinan el éxito o el fracaso de una intervención sanitaria en un contexto de emergencia o conflicto, o tener nociones básicas de macroeconomía y salud, va a tener que dejar los apuntes a un lado. Toca aparcar la carrera un añito (y cruzar los dedos para conseguir una plaza), o al menos rodearse de cabecillas inquietas (a riesgo de que el enfoque biomédico habitual luego te sepa a poco). En cualquier caso, lo mejor sería aceptar lo evidente: que no lo vas a encontrar en las asignaturas de la carrera.

Desde antes de comenzar mis estudios de medicina supe que quería dedicarme a la salud global, la cooperación internacional y la ayuda humanitaria. No me quedó más remedio que hacer mil voluntariados en acción social durante el instituto, implicarme de lleno en la Federación Española de Estudiantes de Medicina para la Cooperación Internacional, asumir que en septiembre no tendría convocatoria extraordinaria por ocupar mis veranos con voluntariados en el extranjero, separarme de mi promoción en quinto de carrera para poder estudiar Salud Internacional en el extranjero (y gracias al apoyo económico de mi familia, claro), y dedicar mis vacaciones durante la residencia MIR en Medicina Preventiva y Salud Pública a hacer colaboraciones con organizaciones internacionales en Ecuador y Honduras. Hasta que me di por vencido. La especialidad no me permitía avanzar en la dirección que yo quería, las rotaciones externas se contaban con cuentagotas, y la única posibilidad de lograr una excedencia para irme un año a trabajar y aprender de salud pública en Angola era quedarme embarazado (chungo) o tener un puesto político (hasta más complicado).

La Salud Global es enorme. Es descomunal. Si te pararas a observarla un momento te quedarías con la boca abierta. Y la tenemos justo enfrente, en todo lo que respiramos. Negarse a verla ya suena a negligencia, gente. Ya está bien de decirle a nuestros/as futuros/as profesionales de la salud que no hay  nada más allá de hacer un voluntariado asistencial de tres meses en caso de una epidemia de ébola (que está muy bien, pero no es lo único). Que llevamos años repitiendo el mantra de que la salud es algo más que la ausencia de enfermedad sin pensar en lo que significa.

Además, y puestos a ser pragmáticos, currar en esto de la salud global tiene su aquel. Es agotador, es estresante, y obliga a grandes sacrificios, pero también es adictivo, enriquecedor y si nos ponemos ingenuo-utópicos (pongámonos, joder), hasta necesario. Pero requiere formación específica de calidad, y una educación médica que lo tenga en cuenta. Debería ser un pilar más y una opción posible, no una anomalía a mirar de reojo.

Discúlpenme la pataleta. Es con la mejor de las intenciones, créanme.