9 Junio, 2016
Indiana (Custom)

O por qué trato de escribir con lenguaje inclusivo.

En mi opinión, quienes estáis en contra del lenguaje inclusivo tenéis algo de razón, solo que es muy poca. Sí, lo del o/a y os/as es un engorro, la @ es un invento del demonio, lo de poner e al final suena raro, usar una x además es ilegible y no es fácil encontrar términos neutros como alumnado o ciudadanía para cualquier cosa. Por si fuera poco, la RAE defiende que las cosas están bien como están. Lo que ocurre es que ni siquiera todos estos argumentos en contra juntos me parecen suficientes. Simplemente, si tengo que elegir entre formas o derechos, ganan los derechos.

Nací niño y mis referentes culturales fueron siempre hombres, claro. Nunca se me hizo raro. Era lo normal. Tenía de todo: héroes, científicos, padres responsables, agentes secretos, justicieros, soldados abnegados, musculados deportistas, astronautas, aventureros, guerreros, profetas y hasta dioses. Pero un día (hace poco, vergonzantemente) me dio por pensar que las chicas de mi entorno tal vez no tuvieron la misma suerte.

De mis referentes en VHS

Con Indiana Jones aprendí claramente que con suficiente valor, confianza en mí mismo y una viril barba mal afeitada podría vencer al malo (“¡Molaram sudaram!”), recorrer el mundo viviendo aventuras y seducir a golpe de sonrisa audaz una mujer diferente por película. De haber nacido con chumino, sin embargo, el mensaje habría sido diferente: que si era suficientemente sexy, el héroe podría fijarse en mí. Con algo de suerte, lo mismo habría pensado que siendo agresiva y tratando de ponerme al nivel de mis compañeros, podría lograr el privilegio de ser respetada por los hombres, pero a su sombra, como Marion (“¡Indiiii!”).

Posiblemente aprendí que podría ser respetado y temido como el pirata Roberts, valiente y atractivo como Westley, fuerte y fiel como Fezzik, inteligente y despiadado como Vizzini, o tenaz y justo como Íñigo (“Mi nombre es Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”). De haber sido niña, sin embargo, me habrían incitado a ansiar el privilegio de dar solitarios paseos a caballo hasta que el chico de los establos me rescatase de las manos del malvado príncipe Humperdink. Vaya mierda de película, entonces, esta puñetera referencia de mi infancia, ¿no?

Habría aprendido que tengo que llorar frustrada y esperar, aunque sea la legítima gobernante de todo un maldito universo. Porque para tener derecho a cabalgar en dragones de la suerte, leer libros mágicos prohibidos, hablarle a la vieja Morla, derrotar a la Nada y salvar Fantasía hay que tener dos testículos como dos croquetas.

The-Karate-Kid

Lo mismo me habría convencido de que la única manera de ser un auténtico Goonie y seguir los pasos de Chester Coperpott armado con un mapa mugriento es negándome a que el chico que me lleva en coche me mire el escote y ceder ante los encantos de otro chico mejor educado, su hermano y sus amigos. Y que si tengo gafas y soy borde puedo resultar simpática, pero de ligar, poco. Que para eso hay que ser (o al menos estar) guapa y llevar el pelo ondulado.

Está claro. No hay mujer con el carisma suficiente de golpearse la cabeza con la cisterna del váter e inventar el dichoso condensador de fluzo que permite los viajes en el tiempo. Mucho menos para pilotar un Delorean tuneado por nosecuantas líneas temporales para permitir que tu padre libere a tu madre del malvado Biff Tannen y la seduzca en el baile del encantamiento bajo el mar. Hace falta testosterona y unos pectorales bien velludos.

Así a lo loco, ¿alguien recuerda el nombre de la sucesora de Daniel Sam en la segunda parte? ¿o era en la tercera? Fijo que sabes poner los brazos como el bueno de Clark Kent cuando se quita las gafas, sale del Daily Planet y le da por volar para rescatar a la buena de Lois Lane. Es más, posiblemente hasta serías capaz de tararear los acordes de la fanfarria de John Williams (aunque un estudio muestra que un 78% de la humanidad la confunde con la apertura de Star Wars). Ahora bien, valientes, ¿alguien ahí afuera es capaz de tararearme así, sin comodines del público, la melodía de Supergirl? Yo sí, pero no cuento, que soy un frikazo del gran Goldsmith (le echamos de menos, Maestro, a usted y a su coleta). Punto extra para la persona que sea capaz de empatizar en lo más mínimo con la Catwoman de Hale Berry, en cuya película se enfrenta –por Dios–, a la malvada propietaria de una empresa de cosméticos que en realidad –horror–, no reducen las arrugas.

lion-king-disneyscreencaps-com-8880 (Custom)

No liemos las cosas. Leia puede ser una Skywalker (¡spoiler!), pero nunca podrá dominar la fuerza como su hermano Luke, su padre Anakin (¡mega spoiler!) ni la autosuficiencia de su indianajonesco Han Solo (“Lo sé”). Joder, es que me duele preguntármelo: ¿me habría gustado Star Wars de haber nacido niña o me habría parecido un zurullo como la copa de un pino? ¿y de quién sería la culpa?

Porque claro, Nala y el resto de leonas pueden ser muy majas, pero son hembras. Evidentemente, el único capaz de plantarle cara a Skar y vengar al Gran Mufasa es Simba. En Bola de Dragón, las protagonistas femeninas son el alivio sexual de los protagonistas, que andan dándose mamporrazos y poniéndose gomina como si no hubiera un mañana. Los dibujos de los sábados por la mañana eran, que yo recuerde, de chicos valientes o niñas enamoradizas.

Hasta para decir “Yupi kai yei, hijo de puta” desde lo alto del edificio Nakatone, mostrar una espalda musculada al quitarse la camisa a lo Frank Drebin (descansa en paz tú también, Leslie), liderar un grupo de aspirantes a policía bajo el mando del Teniente Harris o untarse de gominolas los guantes de Kick Boxing a lo Topper Harley hay que tener rabo. Los noventa eran los noventa.

hot-shots-deux-screenshot

Con los libros no habría tenido más suerte. Al leer al mítico Tolkien me habría encontrado a todo un campo de nabos recorriendo medio mundo para enfrentarse a todo otro campo de nabos y llevar así la paz a la Tierra Media. En las Crónicas de la Dragonlance jamás habría pensado que podría ser noble como Caramon o cruel como su hermano Raistlin, el mago rojo. De adorar a Astérix y Obélix no habría sido por su sentido de la amistad y resistencia ante el invasor, sino por su famosa galantería gala. En los libros de Tintín, el único referente con tetas habría sido –atención– la Castafiore. En toda mi loada T.I.A., la única agente secreta era la Ofelia, eternamente enamorada y ridiculizada por su tonelaje paquidérmico. Déjate de historias: cuando todo acaba, quien vuelve a Nunca Jamás es Peter. A quien se le acaban las aventuras es a Wendy, que vuelve a Londres a seguir cosiendo en una mecedora.

Mi infancia fue flipante. Gloriosa. Épica. Y mis héroes (heroínas no recuerdo, la verdad) siempre serán mis héroes. ¿Pero seré acaso la misma persona en ese universo paralelo en que por tres genes mal contados mi alter-ego tiene clítoris en vez de glande? Desde luego, si consiguió experimentar toda esta oferta cultural del mismo modo, no fue por los esfuerzos de los estudios de Hollywood, las editoriales, ni la programación audiovisual de Telecinco.

El punto de inflexión

Esto lo he pensado durante mucho tiempo, claro. Y lo del lenguaje inclusivo lo había intentado a veces. Pero desde hace poco me lo tomo mucho más en serio. Se lo debo a una amiga, que ni siquiera lo sabe. La bofetada final de realidad no me la dio una película ni un libro. Me la dio –figuradamente, gracias– una joven refugiada saharaui, en los campamentos de Tindouf. Ya ves, musulmana y vistiendo la melfa tradicional.

Cuando contraté a esta chica para entrar a trabajar en nuestra ONG me dio un consejo:

“La próxima vez que pongáis un anuncio para contratar a alguien, si queréis que se presenten mujeres, especificad directamente en el título que la oferta también está dirigida a ellas. Si no, la mayoría ni siquiera va a pensar que puedan presentar su curriculum.”

Lo dicho, bofetada de realidad. Que por mucho que se indicara en la letra pequeña que no se hace ningún tipo de exclusión por sexo, etnia o confesión religiosa, no se daban por aludidas sin el o/a en el título de la oferta de empleo. Mira, no, perdonad, mejor al revés: que no hacíamos alusión a ellas al no usar el puñetero o/a bien grande en el encabezado de la oferta, por mucho que se indicase después. Que no bastaba con darlo por supuesto. Que había que buscarlo a propósito para que realmente se considerase. Es más, pasar del o/a, que no todo el mundo lo entiende, y hacer referencia directa a “oferta de trabajo abierta a hombres y mujeres” en el título. ¿Y si por dejar el lenguaje inclusivo como algo secundario estaba discriminando en el acceso a un trabajo? Buf. El abanico de “¿y si…?” que se habría era enorme. Y pelín indigerible.

Vete tú a saber. A lo mejor la mayoría ya se ha acostumbrado a que algunas veces en el todos sin /as también se cuenta con ellas. Lo que pasa es que ni es así siempre, ni es fácil saberlo siempre. Pero sí, supongo que se han acostumbrado. Tampoco es que les haya quedado otro remedio: o excluirse o hacer como que se incluyen, a lo “o me autoinvito a la fiesta o me margino”. No, de nuevo mejor le damos la vuelta “o me autoinvito a la fiesta o dejo que me marginen”.

galanteria gala

Pues eso/a. Lo dicho/a.

Los sesudos análisis se los dejo a ellas, que yo no soy quién. Me temo que ni sé, ni me corresponde. Me declaro puro cuñado venido a más, varón, blanco y heterosexual. No pretendo teorizar, sino simplemente exponer mis razones. Mansplainearme, que es lo que disfrutamos cual gorrino en charca –jojojo–. Es más, no escribo libros ni guiones de películas. A veces escribo chorradicas en una página web, ya ves. La cosa es que como las escribo yo, lo puedo hacer como me venga en gana.

¿Qué pasa con la RAE? Pues que hasta que no admita “indianajonesco” o “nosecuantas”, o me deje empezar las frases con una conjunción como a mí me gusta, no me quita el sueño lo que diga. Hasta que no tenga agentes con gabardina rastreando y cerrando blogs al grito de “¡Vive Cervantes!”, la RAE no me preocupa en demasía. Es más, con la de ay/hay/ahí, habrir, adsurdo, hoygan, lavíncompaes y demás fauna ortográfica que hay suelta por ahí, lo mismo ni resulto una presa prioritaria. Y no hablemos de los/as community manager que testean gadgets trendy dirigidos a un target clave para luego escribir posts, twittearlos, ganar likes y conseguir followers (LOL).

¿Qué pasa con la legibilidad? ¡Dios mío, la legibilidad! Pues que por ahora tampoco me van a multar si a un/a lector/a le sangran los ojos/as de puro/a sufrimiento/a. Y que se puede hacer con más gracia, también.

12-03-07cojones

No pretendo convencerte. Quita, quita. Disfruto escribiendo como me da la gana y deseo que cualquier persona pueda hacer lo mismo. Por mí como si escribes con asteriscos en vez de comas o evitando las jotas. Si me gusta te voy a leer. Si no, pues no.

Tampoco consigo siempre poner todos los os/as, alumnado y ciudadanía que me gustaría. No me resulta fácil y me supone una revisión extra del texto o una concentración especial al empezar un párrafo. La cosa es que hasta que venga incluido de serie como sugerencias en los correctores ortográficos (¿es que a nadie se le ha ocurrido?), creo que ese mínimo esfuerzo extra me merece la pena.

Simplemente quiero que si hay por ahí una zagala que ocasionalmente llega a leer algo de lo que yo escribo sepa, sin ningún margen de duda, que sí, que también pensaba en ella mientras escribía. Que no necesita autoinvitarse: ya está invitada. Que no es una mera posibilidad ni una coincidencia. Y que lamento enormemente que las formas del idioma en que escribo, debido a sus limitaciones, no permitan dejarlo perfectamente claro sin tener que recurrir a incómodos accesorios.

Este artículo se publicó inicialmente en “Desde las distancias” (Medium).

Deja un comentario