5 Febrero, 2016

Sus pastillas

Cuando de repente un millonario decide comprar los derechos de fabricación de un medicamento necesario para tratar una grave infección en pacientes inmunodeprimidos y a continuación le sube el precio un 5.000%, el problema no está en el supuesto villano, sino en el sistema que le permite serlo legalmente.

El millonario en cuestión se llama Martin Shkreli, tiene tan solo 32 años, recientemente decidió abandonar el fondo de inversión de alto riesgo que dirigía para fundar Turing Pharmaceuticals y hoy tiene a medio Estados Unidos escandalizado. El medicamento que compró se llama Daraprim (pirimetamina). Se utiliza en combinación con otro medicamento (sulfadiazina) para prevenir y tratar la malaria y para tratar la toxoplasmosis en pacientes inmunodeprimidos (por ejemplo, debido a SIDA) y en mujeres embarazadas. Es uno de los medicamentos que la Organización Mundial de la Salud incluye en su lista de medicamentos esenciales, por su importancia en cualquier sistema de salud y gracias a Shkreli, a finales de 2015 pasó de costar 13,50$ a costar 750$.

Sin embargo, lo que yo quiero es explicar lo mucho que tenemos que agradecer a Marin Shkreli:

Gracias por ofrecernos un marco de referencia para comparar al resto de farmacéuticas.

Ahora mismo Shkreli es el villano. Es el Joker de nuestro Gotham, aunque con una salvedad: lo que ha hecho no es nuevo aunque para muchos sí lo parezca. Valeant, la mayor compañía farmacéutica de Canadá, lo lleva haciendo desde 1960 sin despeinarse.

El negocio está en comprar las licencias de medicamentos viejos que aún se siguen utilizando a un precio irrisorio para, a continuación, y sin hacerles ninguna mejora, subirles el precio exageradamente, dificultando al mismo tiempo que otros puedan tratar de producir una versión genérica del mismo. Es más, Shkreli iba a hacerse con un medicamento llamado Syprine pero Valeant Pharmaceuticals se le adelantó. Tras la compra de Syprine a otra farmacéutica, Valeant le subió el precio de 1$ por comprimido a 200$. Pasó de tener un volumen de ventas de 200.000$ a 10.000.000$.

Gracias por dejar en evidencia el sistema de salud americano y el sistema de propiedad intelectual.

Lo que Shkreli ha decidido hacer finalmente es mantener un precio exageradamente alto para los hospitales y un precio simbólico (1$) para aquellos que no tienen seguro sanitario. “Soy como Robin Hood”, dice, “Cojo el dinero de Walmart y lo uso para hacer investigación para enfermedades por las que nadie se preocupa.” Desde su lógica, el argumento va en serio: la atención a aquellas personas con seguro médico se pagan con impuestos y él continúa dejándolo accesible para los no asegurados, aquellos/as que quedan fuera del sistema.

Cuando le critican, se defiende a lo grande. Ha prometido que su empresa va a invertir el 60-70% de sus beneficios en investigación para las enfermedades olvidadas, aprovechando para recordar que el resto de compañías farmacéuticas no gastan ni un 15% y que Valeant ni siquiera llega al 3%.

Tras escuchar que el mismísimo Donald Trump le llama “mocoso consentido” él contraataca: “Mis padres eran inmigrantes y empleados de limpieza. ¡Trump heredó su riqueza! Que le jodan. Y yo que pensaba que podríamos ser amigos.”

Evidentemente, está por ver que Turing Pharmaceuticals vaya a investir un mísero duro en investigación. Abrir la boca es gratis y aún no ha demostrado nada. Es más, ha demostrado justo lo contrario.

Gracias por haber dado mayor visibilidad al problema.

Shrkeli no es ningún imbécil. Ha aprovechado lo que el sistema permite hacer y lo ha hecho. Ha empleado los principios del capitalismo a fuego y ahora se ríe del Estado (y de quienes pagan impuestos) en su cara, por haber sido tan lelos de dejarle. ¿Debemos culpar al sociópata o al sistema que le permite controlar el acceso a los medicamentos que todos/as necesitamos? Caer en lo simplista de criticar solo al supervillano que da la cara es de una simplicidad tan pueril como equivocada.

Las farmacéuticas llevan años aprovechándose de un sistema de propiedad intelectual injusto que les permite lucrarse a costa de la vida de las personas. Argumentan que investigar es caro, pero a) lo que se gastan en investigar es irrisorio; y b) no dan datos exactos de lo que les cuesta investigar un medicamento. Las farmacéuticas llevan también años oponiéndose a reformar este sistema inválido, argumentando que basta con que hagan algunas donaciones puntuales, o que bajen los precios de los medicamentos que les apetezca, lo que les apetezca y cuando les apetezca. Las farmacéuticas apenas abren la puerta a nuevos modelos de financiación de la innovación en propiedad intelectual en materia de medicamentos, mientras mantienen sus ganancias millonarias.

Pero ojo, que por la misma lógica que expongo, la culpa no es solamente de estas grandes compañías farmacéuticas. No podemos dejar que las farmacéuticas o Martin Shkreli puedan decidir (o no) bajarle el precio a los medicamentos. Simplemente, no le puede corresponder a él decidir. El acceso a medicamentos esenciales no puede venir arbitrariamente controlado por los intereses comerciales de grandes empresas y lo que hoy o mañana les interese. Cuando el acuerdo de Doha firmado en 2001 por todos los países miembros de la Organización Mundial del Comercio establece que las leyes de propiedad intelectual “no impiden y no deben impedir a los países miembros tomar medidas para proteger la salud pública” se refiere precisamente a esto.

A veces los árboles no nos dejan ver el bosque. Que los insultos y recriminaciones a Shkreli no nos impidan ver que él solo es un síntoma, no la enfermedad.

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