24 Marzo, 2017
ZIKA-1059

Una joven en Brasil me hablaba de su niña con microcefalia. La mecía en brazos, medio adormilada, en el patio delantero de su casa y no dejaba de mirarla.

El zika, como a la inmensa mayoría, le pilló por sorpresa. Se empezó a hablar del síndrome congénito en la tele cuando ella ya estaba de 9 meses. Ni por asomo había pensado que aquellos síntomas que había tenido hace meses fueran a condicionar el futuro de su niña. “Mi vida paró”, decía. Ahora le tocaba barajar su juventud y dificultades económicas con proporcionarle a su niña los cuidados infinitos que necesitaba. Le costaba mamar, lloraba continuamente y le iba a costar aprender. Durante los pocos ratos de calma que tenía a lo largo del día debía lidiar con la incertidumbre y el miedo y, por si fuera poco, las miradas ajenas.

Si podía, evitaba el autobús. El autobús para ir a la rehabilitación y los servicios sociales era punto de encuentro con la curiosidad de montones de personas a las que ella y su hija, en realidad, les importaban poco. “¿Eso fue por el mosquito?” le preguntaba un tipo perfectamente desconocido desde cuatro filas atrás. “Vi una investigación en la que dicen que no pasan de los cinco años de edad” le comentaba otro en la parada del autobús. O un aparentemente inocuo “tiene la cabeza muy pequeña, ¿no?”, desde una moto, al pasar. Como quien habla del tiempo. No. Como quien habla de un problema de otro; que no te quita el sueño ni te cambia la vida. Y responder, defenderte, hacerte la fuerte, no hace que cesen las miradas o los silencios.

Bajo la distancia y el anonimato de las redes sociales la gente además se suelta al decir burradas. Siempre habrá un like que te otorgue la razón y si no da igual. Ella tuvo que leer, en los comentarios a una entrevista que le hicieron en un medio extranjero, que estos niños eran “una abominación”, que el estado no debería invertir dinero en niños que fallecerían en tres o cuatro años, o que la culpa era de las madres, por quedarse embarazadas durante la epidemia.

Se sorprendía de su propia fuerza y de sus energías; de que ya habían pasado 7 meses desde que su niña nació y que la vida seguía, aunque bien jodida. A todos sus miedos se le sumaba un amor incondicional porque sí y la preocupación de poder perderla.

Volunteers and professionals from the Red Cross and local health services in Paraiba State (Brazil) offer early stimulation to a baby born with microcephaly, during a community health visit.

Volviendo al presente y a este lado del ecuador y del Atlántico, el Zika ya queda en la memoria colectiva como aquel virus lejano que, a la sombra del ébola, casi nos fastidia unos juegos olímpicos. Y ya está. A otra cosa: los refugiados, Trump, atentados, la última de Netflix, forocoches. En realidad, aunque la curva epidemiológica ya bajó hace semanas y permanece estable, el brote ha dejado más de 2.800 casos de microcefalia congénita en niños y niñas por toda América.

La opinión pública se asoma a los grandes desafíos de la salud global como quien pregunta en un autobús desde cuatro filas atrás. Con más morbo, prejuicio, curiosidad y miedo que empatía. Con la misma actitud con la que, tras preguntar, luego decimos en voz bajita al desconocido que tenemos al lado “qué putada, ¿no?”. Porque damos por hecho que no somos causa y deseamos muy fuerte no ser consecuencia. Lo de la posibilidad de ser cómplice o la de poder ser solución están en un segundo plano que nunca es inmediato.

En realidad, de esa opinión pública derivan las decisiones políticas y las respuestas a las crisis, con características similares. Respuestas en las que lo importante no es evitar el contagio o la propagación. Lo importante es evitar el contagio o la propagación hasta aquí. Que no llegue aquí. Por eso los muros nos vienen fenomenal. Muros físicos, sociales y mentales: el aquí y el allí, un espejismo siempre jodiendo.


En abril de 2017 se ha publicado el informe “Evaluación del impacto socioeconómico del virus del Zika en América Latina“, coordinado por el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), apoyado por la FICR (Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja) y desarrollado por un equipo de investigadores/as de ISGlobal (Instituto de Salud Global de Barcelona) y la Universidad John Hopkins. He formado parte de este equipo, principalmente en la recogida de información cualitativa en el terreno en Brasil y Surinam.

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